Folclorista ruso de
origen alemán. Estudió ligüística y, a partir de 1932, fue profesor de alemán y
posteriormente de folclore en la Universidad de Leningrado, en la que se
doctoró. Su obra más difundida en Occidente es Morfología del cuento (1928),
innovadora en el campo de los estudios folclóricos por el enfoque sincrónico
con el que el autor afrontó la definición de la estructura del género de los
"cuentos de hadas" y determinó su núcleo central, compuesto de un
número finito de funciones, con independencia de las variaciones introducidas
por los diferentes narradores.
Vladimir Propp,
Morfología del cuento, Ediciones Akal, Madrid, 1998. Adaptación de la cátedra.
Método y materia
Método y materia
Con Morfología del
cuento (publicado en 1928), Vladimir Propp se adelantó en muchos aspectos a los
trabajos de su tiempo, pero no se captó el alcance de su descubrimiento
científico hasta el momento en que se introdujeron en lingüística y en
etnología los métodos del análisis estructural.
Las 31 funciones narrativas de Propp
Propp considera al cuento como una sucesión
invariable de 31 funciones, que establecen relaciones lógicas y estéticas entre
sí para configurar la intriga narrativa:
1) Alejamiento: uno de los miembros de la familia se
aleja de la casa.
2) Prohibición: sobre el protagonista recae una
prohibición.
3) Trasgresión: se trasgrede la prohibición.
4) Interrogatorio: el agresor intenta obtener
información.
5) Información: el agresor recibe información sobre
la víctima.
6) Engaño: el agresor intenta engañar a su víctima para
apoderarse de ella o de sus bienes.
7) Complicidad: la víctima se deja engañar y ayuda
así a su enemigo, a su pesar.
8) Fechoría: el agresor daña a uno de los miembros
de la familia o le causa perjuicios.
9) Mediación: se divulga la noticia de la fechoría o
de la carencia, se dirigen al héroe con una pregunta o una orden, se le llama o
se le hace partir.
10) Principio de la acción contraria: el
héroe-buscador acepta o decide actuar.
11) Partida: el héroe se va de su casa. Se encuentra
con el donante.
12) Primera función del donante: el héroe sufre una
prueba, un cuestionario, un ataque, etc., que le preparan para la recepción de
un objeto o de un auxiliar mágico.
13) Reacción del héroe: el héroe reacciona ante las
acciones del futuro donante.
14) Recepción del objeto mágico: el objeto mágico
pasa a disposición del héroe.
15) Desplazamiento: el héroe es transportado cerca
del lugar donde se halla el objeto de su búsqueda.
16) Combate: el héroe y su agresor se enfrentan en
un combate.
17) Marca: el héroe recibe una marca.
18) Victoria: el agresor es vencido.
19) Reparación: la fechoría inicial es reparada o la
carencia colmada. 20) La vuelta: el héroe regresa.
21) Persecución: el héroe es perseguido.
22) Socorro: el héroe es auxiliado.
23) Llegada de incógnito: el héroe llega de
incógnito a su casa o a otra comarca.
24) Pretensiones engañosas: un falso héroe
reivindica, para sí, pretensiones engañosas.
25) Tarea difícil: se propone al héroe una tarea
difícil.
26) Tarea cumplida: la tarea es realizada.
27) Reconocimiento: el héroe es reconocido.
28) Descubrimiento: el falso héroe o el agresor, el
malvado, queda desenmascarado.
29) Transfiguración: el héroe recibe una nueva
apariencia.
30) Castigo: el falso héroe o el agresor es
castigado.
31) Matrimonio: el héroe se casa y asciende al
trono.
Los Hermanos Grimm
Jacob Grimm (Hanau,
actual Alemania, 1785 - Berlín, 1863) y Wilhelm Grimm (Hanau, 1786 - Berlín,
1859). Filólogos y folcloristas alemanes autores de una celebérrima
recopilación de cuentos populares titulada Cuentos infantiles y del
hogar (1812-1822). Las innumerables reediciones modernas de esta obra
suelen llevar títulos como Los cuentos de hadas de los hermanos Grimm o Cuentos de
los hermanos Grimm, como si los relatos fuesen de su invención. En
realidad, buena parte de su éxito como transcriptores y compiladores de la
tradición cuentística oral procede precisamente de su criterio (novedoso en la
época) de respetar al máximo la frescura y espontaneidad de los cuentos
tradicionales, en lugar de someterlos a artificiosas reelaboraciones
literarias.
Cuento La Cenicienta
Así sus vestidos
estaban siempre manchados de ceniza, por lo que todos la llamaban Cenicienta.
Un día se oía por todas partes de la ciudad que el príncipe de aquel país había
regresado.
El rey, muy
contento, iba a dar una gran fiesta a la que iba a invitar a todas las jóvenes
del reino, con la esperanza de que el príncipe encontrara en una de ellas, la
esposa que deseaba.
En la casa de
Cenicienta, sus hermanastras empezaban a prepararse para la gran fiesta. Y
decían a Cenicienta:
- Tú, no irás.
Te quedarás limpiando la casa y preparando la cena para cuando
volvamos.
El día del baile
había llegado. Cenicienta vio partir a sus hermanastras al Palacio Real y se
puso a llorar porque se sentía muy triste y sola. Pero, de pronto, se
le apareció un Hada que le dijo:
- Querida niña,
sécate tus lágrimas porque tú también irás al baile.
Y le dijo
Cenicienta:
- Pero, ¿cómo?,
si no tengo vestido ni zapatos, ni carruaje para llevarme?
Y el hada, con
su varita mágica, transformó una calabaza en carruaje, unos ratoncillos en
preciosos caballos, y a Cenicienta en una maravillosa joven que más se parecía
a una princesa.
Y le avisó:
- Tú irás al
baile, pero con una condición: cuando el reloj del Palacio dé las doce
campanadas, tendrás que volver enseguida porque el hechizo se acabará.
Hermosa
y feliz, Cenicienta llegó al Palacio. Y cuando entró al salón de baile,
todos se pararon para mirarla. El príncipe se quedó enamorado de su belleza y
bailó con ella toda la noche.
Pero, al cabo de
algunas horas, el reloj del Palacio empezó a sonar y Cenicienta se despidió del
príncipe, cruzó el salón, bajó la escalinata y entró en el carruaje en
dirección a su casa.
Con las prisas,
ella perdió uno de sus zapatos de cristal que el príncipe recogió sin entender
nada.
Al día
siguiente, el príncipe ordenó a los guardias que encontraran a la señorita que
pudiera calzar el zapato. Los guardias recorrieron todo el reino.
Todas las
doncellas se probaron el zapato pero a nadie le sirvió. Al fin llegaron a la
casa de Cenicienta. Y cuando ésta se lo puso todos vieron que le estaba
perfecto.
Y fue así cómo
Cenicienta volvió a encontrarse con el príncipe, se casaron, y vivieron muy
felices.
Charles Perrault
Escritor francés, nació el 12 de enero de 1628
en París. Fue criado en una
familia perteneciente a la alta burguesía. Cursó estudios de Literatura en el colegio de
Beauvais en París, se diploma en Derecho y
se inscribe en el colegio de abogados en 1651.
Desde 1683 se dedicó por entero a la literatura.
Autor del poema El siglo de Luis
el Grande (1687) que suscitó una intensa controversia literaria. Es
famoso sobre todo por sus cuentos, entre los que figuran Cenicienta, El gato con botas, Pulgarcito y La bella durmiente, que recuperó de la
tradición oral en Historias o
cuentos del pasado (1697) y conocidos también como Cuentos de mamá Oca, por la
ilustración que figuraba en la cubierta de la edición original.
Charles Perrault falleció en París el 16 de mayo de 1703.
Cuento La Cenicienta
Érase una vez un
hombre bueno que tuvo la desgracia de quedar viudo al poco tiempo de haberse
casado. Años después conoció a una mujer muy mala y arrogante, pero que pese a
eso, logró enamorarle.
Ambos se casaron y se fueron a vivir con sus hijas. La mujer tenía dos hijas tan arrogantes como ella, mientras que el hombre tenía una única hija dulce, buena y hermosa como ninguna otra. Desde el principio las dos hermanas y la madrastra hicieron la vida imposible a la muchacha. Le obligaban a llevar viejas y sucias ropas y a hacer todas las tareas de la casa. La pobre se pasaba el día barriendo el suelo, fregando los cacharros y haciendo las camas, y por si esto no fuese poco, hasta cuando descansaba sobre las cenizas de la chimenea se burlaban de ella.
- ¡Cenicienta! ¡Cenicienta! ¡Mírala, otra vez va llena de cenizas!
Pero a pesar de todo ella nunca se quejaba.
Un día oyó a sus hermanas decir que iban a acudir al baile que daba el hijo del Rey. A Cenicienta le apeteció mucho ir, pero sabía que no estaba hecho para una muchacha como ella.
Planchó los vestidos de sus hermanas, las ayudó a vestirse y peinarse y las despidió con tristeza. Cuando estuvo sola rompió a llorar de pena por no poder ir al baile. Entonces, apareció su hada madrina:
- ¿Qué ocurre Cenicienta? ¿Por qué lloras de esa manera?
- Porque me gustaría ir al baile como mis hermanas, pero no tengo forma.
- Mmmm… creo que puedo solucionarlo, dijo esbozando una amplia sonrisa.
Cenicienta recorrió la casa en busca de lo que le pidió su madrina: una calabaza, seis ratones, una rata y seis lagartos. Con un golpe de su varita los convirtió en un magnífico carruaje dorado tirado por seis corceles blancos, un gentil cochero y seis serviciales lacayos.
- ¡Ah sí, se me olvidaba! - dijo el hada madrina.
Y en un último golpe de varita convirtió sus harapos en un magnífico vestido de tisú de oro y plata y cubrió sus pies con unos delicados zapatitos de cristal.
- Sólo una cosa más Cenicienta. Recuerda que el hechizo se romperá a las doce de la noche, por lo que debes volver antes.
Cuando Cenicienta llegó al palacio se hizo un enorme silencio. Todos admiraban su belleza mientras se preguntaban quién era esa hermosa princesa. El príncipe no tardó en sacarla a bailar y desde el instante mismo en que pudo contemplar su belleza de cerca, no pudo dejarla de admirar.
A Cenicienta le ocurría lo mismo y estaba tan a gusto que no se dio cuenta de que estaban dando las doce. Se levantó y salió corriendo de palacio. El príncipe, preocupado, salió corriendo también aunque no pudo alcanzarla. Tan sólo a uno de sus zapatos de cristal, que la joven perdió mientras corría.
Días después llegó a casa de Cenicienta un hombre desde palacio con el zapato de cristal. El príncipe le había dado orden de que se lo probaran todas las mujeres del reino hasta que encontrara a su propietaria. Así que se lo probaron las hermanastras, y aunque hicieron toda clase de esfuerzos, no lograron meter su pie en él. Cuando llegó el turno de Cenicienta se echaron a reír, y hasta dijeron que no hacía falta que se lo probara porque de ninguna forma podía ser ella la princesa que buscaban. Pero Cenicienta se lo probó y el zapatito le quedó perfecto.
De modo que Cenicienta y el príncipe se casaron y fueron muy felices y la joven volvió a demostrar su bondad perdonando a sus hermanastras y casándolas con dos señores de la corte.
Ambos se casaron y se fueron a vivir con sus hijas. La mujer tenía dos hijas tan arrogantes como ella, mientras que el hombre tenía una única hija dulce, buena y hermosa como ninguna otra. Desde el principio las dos hermanas y la madrastra hicieron la vida imposible a la muchacha. Le obligaban a llevar viejas y sucias ropas y a hacer todas las tareas de la casa. La pobre se pasaba el día barriendo el suelo, fregando los cacharros y haciendo las camas, y por si esto no fuese poco, hasta cuando descansaba sobre las cenizas de la chimenea se burlaban de ella.
- ¡Cenicienta! ¡Cenicienta! ¡Mírala, otra vez va llena de cenizas!
Pero a pesar de todo ella nunca se quejaba.
Un día oyó a sus hermanas decir que iban a acudir al baile que daba el hijo del Rey. A Cenicienta le apeteció mucho ir, pero sabía que no estaba hecho para una muchacha como ella.
Planchó los vestidos de sus hermanas, las ayudó a vestirse y peinarse y las despidió con tristeza. Cuando estuvo sola rompió a llorar de pena por no poder ir al baile. Entonces, apareció su hada madrina:
- ¿Qué ocurre Cenicienta? ¿Por qué lloras de esa manera?
- Porque me gustaría ir al baile como mis hermanas, pero no tengo forma.
- Mmmm… creo que puedo solucionarlo, dijo esbozando una amplia sonrisa.
Cenicienta recorrió la casa en busca de lo que le pidió su madrina: una calabaza, seis ratones, una rata y seis lagartos. Con un golpe de su varita los convirtió en un magnífico carruaje dorado tirado por seis corceles blancos, un gentil cochero y seis serviciales lacayos.
- ¡Ah sí, se me olvidaba! - dijo el hada madrina.
Y en un último golpe de varita convirtió sus harapos en un magnífico vestido de tisú de oro y plata y cubrió sus pies con unos delicados zapatitos de cristal.
- Sólo una cosa más Cenicienta. Recuerda que el hechizo se romperá a las doce de la noche, por lo que debes volver antes.
Cuando Cenicienta llegó al palacio se hizo un enorme silencio. Todos admiraban su belleza mientras se preguntaban quién era esa hermosa princesa. El príncipe no tardó en sacarla a bailar y desde el instante mismo en que pudo contemplar su belleza de cerca, no pudo dejarla de admirar.
A Cenicienta le ocurría lo mismo y estaba tan a gusto que no se dio cuenta de que estaban dando las doce. Se levantó y salió corriendo de palacio. El príncipe, preocupado, salió corriendo también aunque no pudo alcanzarla. Tan sólo a uno de sus zapatos de cristal, que la joven perdió mientras corría.
Días después llegó a casa de Cenicienta un hombre desde palacio con el zapato de cristal. El príncipe le había dado orden de que se lo probaran todas las mujeres del reino hasta que encontrara a su propietaria. Así que se lo probaron las hermanastras, y aunque hicieron toda clase de esfuerzos, no lograron meter su pie en él. Cuando llegó el turno de Cenicienta se echaron a reír, y hasta dijeron que no hacía falta que se lo probara porque de ninguna forma podía ser ella la princesa que buscaban. Pero Cenicienta se lo probó y el zapatito le quedó perfecto.
De modo que Cenicienta y el príncipe se casaron y fueron muy felices y la joven volvió a demostrar su bondad perdonando a sus hermanastras y casándolas con dos señores de la corte.
Graciela Montes
Escritora y traductora argentina nacida
en Buenos Aires el 18 de marzo de 1947. Se licenció en Letras por la
Universidad de Buenos Aires en 1971. Fue directora durante dos décadas de la
colección de literatura infantil “Los cuentos del Chiribitil”, del Centro
Editor de América Latina, ejerciendo también labores de redacción, edición y
traducción.
Miembro fundador de la Asociación de Literatura Infantil y Juvenil de la Argentina y cofundadora y codirectora de la revista cultural "La Mancha - Papeles de literatura infantil y juvenil” durante sus dos primeros años. Ganó el Premio Lazarillo en 1980, fue la candidata argentina al Premio Internacional Hans Christian Andersen en 1996, 1998 y 2000.
Miembro fundador de la Asociación de Literatura Infantil y Juvenil de la Argentina y cofundadora y codirectora de la revista cultural "La Mancha - Papeles de literatura infantil y juvenil” durante sus dos primeros años. Ganó el Premio Lazarillo en 1980, fue la candidata argentina al Premio Internacional Hans Christian Andersen en 1996, 1998 y 2000.
Cuento Sapo Verde
Humberto estaba
muy triste entre los yuyos del charco.
Ni ganas de saltar tenía. Y es que le habían contado que las mariposas del Jazmín de Enfrente andaban diciendo que él era sapo feúcho, feísimo y refeo.
—Feúcho puede ser —dijo, mirándose en el agua oscura—, pero tanto como refeo... Para mí que exageran... Los ojos un poquitito saltones, eso sí. La piel un poco gruesa, eso también. Pero ¡qué sonrisa!
Y después de mirarse un rato le comentó a una mosca curiosa pero prudente que andaba dándole vueltas sin acercarse demasiado:
—Lo que a mí me faltan son colores. ¿No te parece? Verde, verde, todo verde. Porque pensándolo bien, si tuviese colores sería igualito, igualito a las mariposas.
La mosca, por las dudas, no hizo ningún comentario.
Y Humberto se puso la boina y salió corriendo a buscar colores al Almacén de los Bichos.
Timoteo, uno de los ratones más atentos que se vieron nunca, lo recibió, como siempre, con muchas palabras:
—¿Qué lo trae por aquí, Humberto? ¿Anda buscando fosforitos para cantar de noche? A propósito, tengo una boina a cuadros que le va a venir de perlas.
—Nada de eso, Timoteo. Ando necesitando colores.
—¿Piensa pintar la casa?
—Usted ni se imagina, Timoteo, ni se imagina.
Y Humberto se llevó el azul, el amarillo, el colorado, el fucsia y el anaranjado. El verde no, porque ¿para qué puede querer más verde un sapo verde?
En cuanto llegó al charco se sacó la boina, se preparó un pincel con pastos secos y empezó: una pata azul, la otra anaranjada, una mancha amarilla en la cabeza, una estrellita colorada en el lomo, el buche fucsia. Cada tanto se echaba una ojeadita en el espejo del charco.
Cuando terminó tenía más colorinches que la más pintona de las mariposas. Y entonces sí que se puso contento el sapo Humberto: no le quedaba ni un cachito de verde. ¡Igualito a las mariposas!
Tan alegre estaba y tanto saltó que las mariposas del Jazmín lo vieron y se vinieron en bandada para el charco.
—Más que refeo. ¡Refeísimo! —dijo una de pintitas azules, tapándose los ojos con las patas.
—¡Feón! ¡Contrafeo al resto! —terminó otra, sacudiendo las antenas con las carcajadas.
—Además de sapo, y feo, mal vestido —dijo una de negro, muy elegante.
—Lo único que falta es que quiera volar —se burló otra desde el aire.
¡Pobre Humberto! Y él que estaba tan contento con su corbatita fucsia.
Tanta vergüenza sintió que se tiró al charco para esconderse, y se quedó un rato largo en el fondo, mirando cómo el agua le borraba los colores.
Cuando salió todo verde, como siempre, todavía estaban las mariposas riéndose como locas.
—¡Sa-po verde! ¡Sa-po verde!
La que no se le paraba en la cabeza le hacía cosquillas en las patas.
Pero en eso pasó una calandria, una calandria lindísima, linda con ganas, tan requetelinda, que las mariposas se callaron para mirarla revolotearentre los yuyos.
Al ver el charco bajó para tomar un poco de agua y peinarse las plumas con el pico, y lo vio a Humberto en la orilla, verde, tristón y solo. Entonces dijo en voz bien alta:
—¡Qué sapo tan buen mozo! ¡Y qué bien le sienta el verde!
Humberto le dio las gracias con su sonrisa gigante de sapo y las mariposas del Jazmín perdieron los colores de pura vergüenza, y así anduvieron, caiduchas y transparentes, todo el verano.
Ni ganas de saltar tenía. Y es que le habían contado que las mariposas del Jazmín de Enfrente andaban diciendo que él era sapo feúcho, feísimo y refeo.
—Feúcho puede ser —dijo, mirándose en el agua oscura—, pero tanto como refeo... Para mí que exageran... Los ojos un poquitito saltones, eso sí. La piel un poco gruesa, eso también. Pero ¡qué sonrisa!
Y después de mirarse un rato le comentó a una mosca curiosa pero prudente que andaba dándole vueltas sin acercarse demasiado:
—Lo que a mí me faltan son colores. ¿No te parece? Verde, verde, todo verde. Porque pensándolo bien, si tuviese colores sería igualito, igualito a las mariposas.
La mosca, por las dudas, no hizo ningún comentario.
Y Humberto se puso la boina y salió corriendo a buscar colores al Almacén de los Bichos.
Timoteo, uno de los ratones más atentos que se vieron nunca, lo recibió, como siempre, con muchas palabras:
—¿Qué lo trae por aquí, Humberto? ¿Anda buscando fosforitos para cantar de noche? A propósito, tengo una boina a cuadros que le va a venir de perlas.
—Nada de eso, Timoteo. Ando necesitando colores.
—¿Piensa pintar la casa?
—Usted ni se imagina, Timoteo, ni se imagina.
Y Humberto se llevó el azul, el amarillo, el colorado, el fucsia y el anaranjado. El verde no, porque ¿para qué puede querer más verde un sapo verde?
En cuanto llegó al charco se sacó la boina, se preparó un pincel con pastos secos y empezó: una pata azul, la otra anaranjada, una mancha amarilla en la cabeza, una estrellita colorada en el lomo, el buche fucsia. Cada tanto se echaba una ojeadita en el espejo del charco.
Cuando terminó tenía más colorinches que la más pintona de las mariposas. Y entonces sí que se puso contento el sapo Humberto: no le quedaba ni un cachito de verde. ¡Igualito a las mariposas!
Tan alegre estaba y tanto saltó que las mariposas del Jazmín lo vieron y se vinieron en bandada para el charco.
—Más que refeo. ¡Refeísimo! —dijo una de pintitas azules, tapándose los ojos con las patas.
—¡Feón! ¡Contrafeo al resto! —terminó otra, sacudiendo las antenas con las carcajadas.
—Además de sapo, y feo, mal vestido —dijo una de negro, muy elegante.
—Lo único que falta es que quiera volar —se burló otra desde el aire.
¡Pobre Humberto! Y él que estaba tan contento con su corbatita fucsia.
Tanta vergüenza sintió que se tiró al charco para esconderse, y se quedó un rato largo en el fondo, mirando cómo el agua le borraba los colores.
Cuando salió todo verde, como siempre, todavía estaban las mariposas riéndose como locas.
—¡Sa-po verde! ¡Sa-po verde!
La que no se le paraba en la cabeza le hacía cosquillas en las patas.
Pero en eso pasó una calandria, una calandria lindísima, linda con ganas, tan requetelinda, que las mariposas se callaron para mirarla revolotearentre los yuyos.
Al ver el charco bajó para tomar un poco de agua y peinarse las plumas con el pico, y lo vio a Humberto en la orilla, verde, tristón y solo. Entonces dijo en voz bien alta:
—¡Qué sapo tan buen mozo! ¡Y qué bien le sienta el verde!
Humberto le dio las gracias con su sonrisa gigante de sapo y las mariposas del Jazmín perdieron los colores de pura vergüenza, y así anduvieron, caiduchas y transparentes, todo el verano.
Ricardo Mariño
Nació el 4 de agosto de
1956 en la ciudad de Chivilcoy, provincia de Buenos Aires. Es escritor y
periodista. Ha colaborado en publicaciones infantiles. Anteriormente se
desempeñó como periodista de la agencia de noticias DAN y guionista de
programas infantiles de Televisión. Fue director de la revista literaria
Mascaró entre 1985 y 1988. Fue tallerista de la Dirección Nacional del Libro
entre 1987 y 1989. Fue jurado de varios premios.
Cuento La estrella del fútbol
De chico fui muy
malo jugando al fútbol: en lugar de la pelota, pateaba los tobillos; a veces
festejaba un gol de los adversarios o perseguía al referí pensando que era un
adversario.
Pese a todo, un día los chicos vinieron a buscarme, nuestro equipo debía enfrentar al barrio “El chorizo”, un equipo de chicos gordos, alimentados con toneladas de carne, porque eran hijos de trabajadores de un frigorífico.
Nuestro barrio, en cambio, era débil y propenso a la gripe.
Nuestros padres trabajaban en el molino harinero, y nosotros vivíamos comiendo fideos.
El día del partido, había tres de los nuestros con fiebre. Por eso vinieron a buscarme.
Pese a todo, un día los chicos vinieron a buscarme, nuestro equipo debía enfrentar al barrio “El chorizo”, un equipo de chicos gordos, alimentados con toneladas de carne, porque eran hijos de trabajadores de un frigorífico.
Nuestro barrio, en cambio, era débil y propenso a la gripe.
Nuestros padres trabajaban en el molino harinero, y nosotros vivíamos comiendo fideos.
El día del partido, había tres de los nuestros con fiebre. Por eso vinieron a buscarme.
Cuando faltaban cinco minutos, el partido seguía cero a cero.
Habíamos pasado todo el tiempo metidos en nuestro arco, haciendo rebotar en nuestras cabezas, rodillas y colas los terribles pelotazos que tiraban los adversarios. Yo no había logrado tocar la pelota con los pies, pero sí impedí tres goles: uno con la espalda, otro con la oreja y otro con la nariz.
“¡Troncoso ya nos salvó de tres goles –gritó un chico-. Vieron que había que traerlo!” Cuando estaba por terminar el partido, hubo un córner para nosotros. Mi abuelo, que hacía de referí, me dijo: “Andá a cabecear, Carlitos, que después del córner lo termino”.
Fui. Vi que la pelota venía en el aire y, con los ojos cerrados, corrí hacia ella.
Hacia el mismo objetivo iba todo el mundo. Varias cabezas chocaron, cuatro jugadores cayeron al suelo y, en medio del lío, sentí que algo duro estallaba contra mi mejilla derecha.
Cuando desperté, me di cuenta de que mis compañeros me llevaban en andas y gritaban “goool”. Mi abuelo saltaba sobre su reloj y gritaba: “¡Terminó! ¡Terminó!”.
Aquel día gané para siempre el respeto de todo el barrio.
Desde entonces, cada vez que pasaba por el almacén, el dueño me gritaba “¡Grande, Troncoso!”, y el kiosquero cada tanto me regalaba una gaseosa sólo para que yo volviera a contar cómo había sido el gol.
Elsa bornemann
Una de las escritoras más importantes de la Literatura infantil y Juvenil
de Latinoamérica.
Nació en Buenos Aires. Fue Profesora en Letras, egresada de la Universidad de Buenos Aires. Ejerció la docencia en todos los niveles, dictó numerosos cursos y conferencias, integró variedad de mesas redondas y jurados. Comenzó a publicar libros para niños y adolescentes en los años 70, y su Literatura sigue vigente, siempre recolectando el aprecio de sus lectores que se renuevan generacionalmente. Fue una de las más destacadas escritoras argentinas y recibió por su labor un amplio reconocimiento nacional e internacional. Entre sus numerosos premios se destacan: Lista de Honor del Premio Internacional "Hans Christian Andersen" por Un elefante ocupa mucho espacio, galardón otorgado por IBBY (International Board on Books for Young People) por primera vez para un escritor argentino al considerárselo un ejemplo de literatura con Importancia Internacional (sic); sede Suiza de IBBY, 1976; la Faja de Honor de Sade (Sociedad Argentina de Escritores), 1972, por El espejo distraído; Cuadro de Honor en la selección The White Ravens, Alemania 1988 por El último mago o Bilembambudín; Medalla Alicia Moreau de Justo, Comisión de Reconocimiento Mujeres a Mujeres, 1995, por el conjunto de su obra literaria. Diploma al Mérito del Premio Konex, 1994 y 2004 y Konex de Platino por las décadas 1984-1994 y 1994-2004.
Falleció en Buenos Aires el 24 de mayo de 2013.
Nació en Buenos Aires. Fue Profesora en Letras, egresada de la Universidad de Buenos Aires. Ejerció la docencia en todos los niveles, dictó numerosos cursos y conferencias, integró variedad de mesas redondas y jurados. Comenzó a publicar libros para niños y adolescentes en los años 70, y su Literatura sigue vigente, siempre recolectando el aprecio de sus lectores que se renuevan generacionalmente. Fue una de las más destacadas escritoras argentinas y recibió por su labor un amplio reconocimiento nacional e internacional. Entre sus numerosos premios se destacan: Lista de Honor del Premio Internacional "Hans Christian Andersen" por Un elefante ocupa mucho espacio, galardón otorgado por IBBY (International Board on Books for Young People) por primera vez para un escritor argentino al considerárselo un ejemplo de literatura con Importancia Internacional (sic); sede Suiza de IBBY, 1976; la Faja de Honor de Sade (Sociedad Argentina de Escritores), 1972, por El espejo distraído; Cuadro de Honor en la selección The White Ravens, Alemania 1988 por El último mago o Bilembambudín; Medalla Alicia Moreau de Justo, Comisión de Reconocimiento Mujeres a Mujeres, 1995, por el conjunto de su obra literaria. Diploma al Mérito del Premio Konex, 1994 y 2004 y Konex de Platino por las décadas 1984-1994 y 1994-2004.
Falleció en Buenos Aires el 24 de mayo de 2013.
CUENTO
DE MENTIRA
Ayer
me pidió Edelmira
Un
cuentito de mentira.
Que
no, que sí, como ve
Este
cuento le conté:
"Vi
una camaleona
Con
un camaleón
Paseando
hace un rato
Y
un negro ratón,
Y
para Edelmira
Cuento
el papelón
De
la camaleona
Con
el camaleón:
Ella
iba en bombacha,
Él
en bombachón.
Ella
sin camisa,
Él
en camisón.
Él
llevaba un bolso
Y
ella un bolsón,
Ella
con dos manchas
Y
él con un manchón.
Pero
la pareja
Me
dijo: —Perdón
¡Váyase
al teatro
Si
quiere función!
Desaparecemos...
¡Abajo
el telón!"
¿Cómo?
¿Qué dice, señor?
¡Hable
alto, por favor!
¿Que
nunca vi a camaleones
Hacer
tantos papelones
Y
ni conozco a Edelmira?
¡Si
es un cuento de mentira!


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